Nº 1744 lunes 3 de septiembre de 2018


DESTACADO



Si un producto es gratuito es que el producto eres tú

 

Los abusos de las plataformas globales exigen una regulación a nivel mundial

 

 

NL

Donald Trump ha acusado a Google, una de las compañías más poderosas de la Red, de censurar en las búsquedas de información que realizan sus usuarios el contenido de medios conservadores. En Estados Unidos ya se han promulgando tímidas normas de regulación de las grandes plataformas de Internet, pero ahora el presidente norteamericano anuncia por medio de su consejero económico, Larry Kudlow, nuevas regulaciones e insinúa que el motor de búsqueda de Google pudiera ser ilegal.

Hasta ahora Donald Trump era el acusado de haberse valido de millones de datos personales de los usuarios de Facebook a través de la compañía de ultraderecha Cambridge Analytica para ganar las elecciones presidenciales de noviembre de 2016 frente a Hillary Clinton.

Lo cierto es que las grandes plataformas digitales globales, especialmente Google, que compró Twitter, y Facebook, que por su parte adquirió Instagram y Whatsapp, la primera entre las diez primeras, han convertido en monopolios de hecho con más de mil millones de usuarios.

El poder de estas plataformas, la expresión más nítida de la globalización, empieza a preocupar seriamente. Son opacas, lo que atenta contra las leyes del mercado, y sospechosas de falta de neutralidad.

Se empieza a reaccionar tímidamente ante su prepotencia que lleva al abuso, pues quien tiene poder lo ejerce, aumentando el número y la importancia de quienes reclaman una regulación mundial, bien por un acuerdo entre gobiernos o por la intervención de Naciones Unidas, pues no hay fronteras para su poderío.

Generan adicción como las drogas

Son redes que producen adicción como las drogas, lo que afecta a la libertad de los consumidores. Una droga aparentemente gratuita. Sólo aparentemente, pues como se ha señalado: “Cuando un producto es gratuito es que tú eres el producto”. Y, en efecto, el negocio consiste en vender los datos de los usuarios sin su consentimiento, lo que viola nuestra intimidad. El manejo de los Big Data se ha convertido en el gran debate de nuestro tiempo.

De la potencia da alguna de ellas –son unas diez plataformas mundiales, mayormente norteamericanas aunque con significativa presencia china– dan idea algunos datos. En los motores de búsqueda una sola empresa, Google, posee una cuota mundial del 92%, del 95% en nuestro país, y controla más del 60% del mercado mundial de la publicidad digital. El negocio de “la Nube”, que sólo tiene tres o cuatro proveedores, es un ejemplo de abuso de situación, de falla en la organización de los mercados y de gigantesca amenaza sobre nuestras cabezas.
Curiosamente, la mayor parte de las críticas por detentar y vender nuestros datos no se origina entre los usuarios que están enganchados al servicio falsamente gratuito, sino que parten de las empresas que quieren imitarlas, especialmente bancos y servicios financieros que se quejan de la imposibilidad de hacerles competencia en un mercado cautivo que cautiva al cliente de forma irresistible.

Un indoloro tráfico de esclavos en los nuevos tiempos


No es fácil enfrentarse con entes de un poder difícil de imaginar.  Llamábamos “burbuja”, con razón, a la primera irrupción de las puntocom, cuando una compañía etérea como Terra valía en Bolsa más que los grandes bancos del país. Cómo llamar ahora a las compañías no menos etéreas que alcanzan valoraciones astronómicas en Bolsa con una actividad que en puridad de conceptos se aproxima al tráfico de esclavos en la era de la globalización.

Muy pocos se percataron que la globalización nos llevaría al Gran Hermano ni que la ficha que los Grandes Hermanos tienen de nuestra intimidad, que pensábamos que era de nuestra estricta propiedad y por tanto tan sagrada como el derecho de propiedad, iba a ser sometida a expropiación sin indemnización. Lo hacen con el mayor descaro no sólo para vendernos aparatos aprovechando el conocimiento de nuestros hábitos de consumo, sino también en relación a nuestro comportamiento electoral.

¿Cómo podemos hablar de privacidad cuando sabemos que el mercado de datos privados afecta al menos al 80 por ciento de la población mundial?. Estamos viendo todavía con insuficiente grado de alarma la utilización traicionera de las nuevas técnicas, como las que se han manejado en favor de Donald Trump, que ahora éste denuncia al sentirse maltratado.

Esperemos que nos haga reaccionar el escándalo de que Facebook proporcionara datos de 50 millones de ciudadanos sin consentimiento de los afectados; o las maniobras de Cambridge Analytica, propiedad del multimillonario Robert Mercer, agitador de la extrema derecha USA en beneficio del presidente aplicando    “técnicas psicográficas” de previsión de tendencias del voto en base a millones de perfiles personales. Al menos sirvió para que el valor de Facebook perdiera 50.000 millones de dólares en su valoración bursátil.

Los Big Data aplicados a las contiendas electorales representan un inadmisible ataque a los procesos democráticos sin necesidad de dar un golpe de Estado al antiguo modo con tanques y fusiles.

Debería intervenir la ONU

¿Qué se puede hacer para acabar con esta situación kafkiana? Parece que no hay más salida que la regulación legal, una tarea difícil cuando no hay un gobierno mundial que vigile la globalización. Hay instituciones mundiales, como el GATT, pensadas para establecer reglas de juego en el comercio mundial pero el tráfico de fichas de ciudadanos no paga aranceles y, por definición, escapan al control aduanero.
  
Se podría esperar un ataque de ética por parte de los traficantes de intimidades que llevara a la autorregulación  y a la firma de un código ético, pero la experiencia de las autorregulaciones en otras materias no ha sido muy satisfactoria, quedando limitadas en la mayor parte de los casos a meros maquillajes. Nos asombraba el misterio de compañías que ganaban tanto dinero siendo gratis. Ahora entendemos que lo que vendía no eran mercancías, sino a nosotros. Y nosotros  que pensábamos que el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, era un filántropo…


 

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