Nº 1675 del 20 al 26 de febrero de 2017
CONFIDENCIAS

Partía de la convicción de que los presidentes de los bancos son, de hecho, vitalicios

Fustrado el intento de Rato de hacerse con el BBVA, intentó quedarse con La Caixa


Rato sacó Bankia a Bolsa falseando balances y atropellando a
accionistas de buena fe.

■ N. L.

Rodrigo Rato tenía un sueño que estuvo a punto de realizar: apropiarse del segundo o tercer banco del país: primero el BBVA cuando era vicepresidente del Gobierno con José María Aznar, y después Caixabank tras haber destrozado Bankia.
No fue la primera vez que en España un político intenta hacerse con un gran banco. Es, por ejemplo, lo que intentó Miguel Boyer después de que Felipe González le hiciera presidente de Cartera Central, el caballo de Troya que intentó cargarse al presidente del Banco Central, Alfonso Escámez. Boyer había conseguido la presidencia del Banco Exterior de España, a caballo entre lo público y lo privado pero donde su sillón dependía del Gobierno de turno, lo que frustraba la intención de Boyer, como la de todos los banqueros, de conseguir un sillón vitalicio. 

Primero, comer, y luego colmar sus ambiciones
Lo más apremiante para Rodrigo Rato, cuando llega José María Aznar a la Moncloa, y Rato a la vicepresidencia económica, era salvar a las empresas de su familia que estaban al borde de la quiebra. A un lado y a otro del borde. Desde su alta posición política consigue créditos con garantías irrisorias de distintos bancos, incluido Argentaria, a cuyo frente había colocado a Francisco González, quien devendría en presidente del BBVA cuando el vicepresidente económico fuerce la fusión con Argentaria desplazando a los vascos que habían venido controlando sus principales integrantes: el Banco de Bilbao y el de Vizcaya, fusionados como BBVA aprovechando Rato unas cuentas en paraísos fiscales.
Pero, tras esta inminente necesidad, digamos la de comer, se encontraba su ambición, el gran diseño de desalojar a FG, un agente de Bolsa sin experiencia bancaria, y colocarse él en su lugar. Para eso le había puesto al frente de la entidad.

Intenta fusionar Bankia con La Caixa bajo su presidencia
Aquel sueño no se convirtió en realidad por razones desconocidas. Sin embargo, está acreditado el intento de Rodrigo Rato de hacerse con Caixabank desde Bankia en el momento en que Fainé se jubilara. Lo hace, aunque parezca increíble –la arrogancia no tiene límites– desde una Bankia que había contribuido a quebrar y en el momento en que había estallado parte del escándalo y Rato había tenido que dimitir por mandato del ministro de Economía, Luis de Guindos.
Luis de Guindos relata en su libro España Amenazada, editado en septiembre de 2016 por Península, cómo las balas le silbaban cuando remitió a la Fiscalía el escándalo de las tarjetas black de Caja Madrid. Recuerda el ministro que horas después de que Rato presentara su dimisión a Rajoy el 7 de mayo de 2012 –en lugar de hacerlo ante el gobernador del Banco de España que le debió parecer poca cosa– se arrepintió de su decisión, pero que fue él, De Guindos, quien lo instó a acelerar su marcha.
“Al día siguiente de presentar su dimisión al presidente Rajoy –relata De Guindos–, Rato me llamó por la mañana para hacerme una nueva propuesta. Me explicó que había pensado en aplazar su renuncia hasta la Junta de Accionistas de Bankia que debía celebrarse un mes después. Pretendía seguir él de presidente y nombrar a Goirigolzarri vicepresidente y consejero delegado para que después pasara a ser su sustituto.
De Guindos no daba crédito a la propuesta: “Le pedí –asegura– que convocase al día siguiente al Consejo de Administración para dimitir sin más regates”. Y añade: “Durante aquellos primeros meses de 2012 Rato vino a verme al despacho unas 15 veces, la mitad de ellas solo”. Y revela que le planteó fusionar Bankia con La Caixa formando un nuevo banco que él presidiría cuando se jubilara Fainé, una operación que “se descartó por motivos que no se han terminado de aclarar”.  Pero que recuerda su operación al principio de su nombramiento de que el pez pequeño, Argentaria, se quedara con el BBV.
Rato, como en su día Boyer, debieron entender que los bancos no son de nadie, como, mutatis mutandis, pensó Mendizábal, ministro de la regente María Cristina de Borbón en 1836, cuando procedió a la desamortización de los bienes de la Iglesia, cuyas propiedades consideraban de “manos muertas”.
Alentaban las ambiciones de Rodrigo Rato que los presidentes de los bancos son, de hecho, vitalicios, pues consiguen su perpetuidad a pesar de que, unos más que otros, con pequeñas cantidades de acciones controlan sus entidades por los procedimientos habituales como por ejemplo que sus sucursales recojan de sus clientes representaciones en favor del presidente en las juntas generales. ¡Quién va a negarle ese favor a los directores de las sucursales de quien depende su línea de crédito! Por otro lado, cuentan con el apoyo o la neutralidad de los fondos de inversión y de pensiones que no entran en la gestión de las entidades en las que participan que optan por la continuidad, salvo en casos excepcionales. Lo más que hacen es marcharse si la gestión presidencial les da mala espina. Votan con los pies.
Y en lo que se refiere a La Caixa, Rato contaba con la presunción de que las cajas de ahorros no son de nadie, por lo que  están expuestas a las ambiciones de determinados políticos.
Rodrigo Rato pudo emular a Mario Conde sin poner un euro. Una vez que hemos visto los chanchullos de aquél en Bankia acongoja pensar el agujero que hubiera perpetrado si se hubiera hecho con el control vitalicio de un gran banco. Las tropelías de Mario Conde en Banesto hubieran sido a su lado travesuras infantiles.