SUS SEÑORÍAS  
Nº 1418 - 27 de junio de 2010

El Banco de España da la espalda al 15-M y concentra
su mirada en Grecia

Federico Castaño

La indignación expresada en la calle por decenas de miles de ciudadanos ha sido importada al discurso político por buena parte de los grupos parlamentarios. El último en pagar los platos rotos ha sido el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, al que diputados de todos los colores han pedido que deje de dar lecciones de economía para centrarse en el arreglo de las cañerías del sistema financiero, obra sin la cual será imposible que fluya de nuevo el crédito a empresas y familias. Siguiendo la tradición que mejor asentó en sede parlamentaria el recientemente fallecido Luis Ángel Rojo, el actual gobernador ha advertido a la comisión de Economía del Congreso que durante el tiempo que le queda de mandato no dejará de ser una especie de mosca cojonera, en el bien entendido de que si no se profundiza en la reforma laboral no se creará empleo y si no se reduce el paro aumentará la morosidad y, por tanto, los bancos seguirán sufriendo y restringirán aun más el crédito…en una especie de diabólica espiral que impedirá la recuperación.

Pero la preocupación central que Fernández Ordóñez ha trasladado a los diputados tiene que ver con la situación de Grecia y la posibilidad de que el Parlamento heleno tumbe el nuevo plan de ajuste que el FMI y Bruselas exigen a Papandreu para sacar a su país del agujero. Es evidente que la solución tiene que venir de la aceptación de este nuevo programa de sangre, sudor y lágrimas y de lo que eufemísticamente se conoce como una reestructuración suave de la deuda griega que evite que las agencias de rating actúen sin escrúpulos, hundan a los bancos griegos, impidan al Banco Central la concesión de nuevos préstamos y disparen los riesgos para la supervivencia del euro. El gobernador es, quizás, uno de los que menos pelos en la lengua tienen en España a la hora de diagnosticar la gravedad de la situación. "El giro económico de mayo [de 2010] evitó el rescate de España…pero la historia todavía no ha terminado", ha dejado dicho Fernández Ordóñez en el Congreso a modo de aviso para navegantes.

La rebaja de la prima de riesgo resulta decisiva para muchas cosas, también para terminar de vislumbrar el calendario final de la legislatura. Por muchos esfuerzos que haga para convencernos de lo contrario, Zapatero no podrá ganar el trofeo de agotar su mandato si las embestidas contra España se vuelven permanentes en el tiempo. No hay economía, y mucho menos una tan vulnerable como la española, que resista un coste tal alto para financiar su deuda. Y por mucha confianza que quiera recuperar la vicepresidenta Elena Salgado deprisa y corriendo con la coronación de las reformas en marcha, será misión imposible si los mercados nos vuelven definitivamente la espalda y fracasa ese desacoplamiento que parece habíamos conseguido de países como Grecia, Irlanda o Portugal.

El propio gobernador del Banco de España se ha hecho la siguiente pregunta en el Congreso. ¿Qué habría pasado en la última década si las cajas de ahorro hubieran sido tan eficientes como los bancos? Él mismo se responde: Pues que la obra social habría engordado en 17.000 millones más. El inconsciente de muchos de los diputados que le han escuchado esta reflexión ha volado hacia otro interrogante. ¿Qué hubiera pasado si desde el origen de la crisis, allá por agosto de 2007, hubiéramos tenido en España un Gobierno competente para hacerla frente sin incurrir en las frivolidades que hemos conocido desde entonces? En este caso, se me ocurren varios apellidos para responder esta pregunta, entre ellos el del siempre prudente Pedro Solbes y también el del propio Fernández Ordóñez.

Pero el discurso de los parlamentarios socialistas y de la oposición no se dirige tanto ahora a las lecciones del gobernador del Banco de España como a la filosofía que da sustento a las movilizaciones callejeras de los indignados. Cuando Zapatero anunció hace un año que haría reformas costara lo que le costara, no era consciente de que su inmolación iba a arrastrar con él a todo el partido, provocando una pérdida de poder territorial sin precedentes.

Tampoco podía imaginarse entonces que la travesía iniciada en julio de 2000 para facilitar el relevo generacional en el PSOE iba a terminar en manos de Alfredo Pérez Rubalcaba, sometido ahora al difícil examen de concurrir a las elecciones generales con un programa ilusionante que no suponga una desautorización expresa de la política económica bendecida desde La Moncloa en los últimos doce meses. La elección de Jesús Caldera y de Cristina Narbona para pilotar la elaboración del programa electoral introduce abundante morbo en el proceso y también el interrogante sobre el futuro del zapaterismo una vez que José Blanco, presente en todas las grandes decisiones adoptadas desde el Gobierno desde hace más de siete años, ha sido orillado por Rubalcaba, consciente de que el gallego siempre tendrá la tentación de poner en valor su marginación en el supuesto de que el previsible fracaso del candidato en las legislativas le diera a Carme Chacón una segunda oportunidad.

Antes de llegar a este capítulo, tenemos en puertas el debate del estado de la nación, donde se especula con el último golpe de efecto de Zapatero en forma de un recambio en el Gobierno que facilite el vuelo libre de Rubalcaba. Es aquí donde el presidente entonará su triste canción testamentaria y también donde los diputados socialistas esperan un guiño estratégico y táctico a los indignados del 15-M, a pesar de las advertencias del Banco de España. No les coja de sorpresa que los grupos de la oposición, sin excepciones, intenten capitalizar también de una u otra forma las protestas callejeras. Es de manual, aunque a corto plazo sea una evidencia que los españoles ya no dependemos tanto de los juegos malabares del Gobierno o de la dureza de la oposición, como de lo que decida en breve el Parlamento griego. Una desgracia, pero cierta.

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