Nº 1801 lunes 18 de Noviembre de 2019


DESTACADO


 

La preocupación del empresariado no llega al pánico. No se ha hundido la Bolsa

ni nadie ha amenazado con trasladar sus empresas al otro lado de los Pirineos

 

La opinión empresarial, que puede condicionar inversiones y empleo, no es desdeñable, y Sánchez extremará las precauciones

NL

Ciertamente, nunca ha habido en España un gobierno de coalición. Ciertamente, nunca ha participado en un gobierno de España el Partido Comunista o similar. Nunca ha estado tan fragmentado el Parlamento. Están pasando muchas cosas que nunca habían pasado ni se las esperaba, justamente porque nunca habían sucedido. Pero hay que hacerse a la idea de que los precedentes ya no sirven, al menos como prueba de que no son posibles.

En estos momentos, tras el abrazo entre Pedro y Pablo, lo más probable es que tengamos un gobierno de coalición de los socialistas con los herederos del comunismo, con Izquierda Unida dentro encarnada por Alberto Garzón que, justamente, es el que con más vehemencia y constancia ha abogado por un acuerdo con los socialistas.

Al menos puede apuntarse un precedente similar aunque no exacto en la mismísima Peninsula Ibérica. En Portugal no hay un gobierno de coalición, gobierna el Partido Socialista con el apoyo parlamentario de Bloco de Esquerda (BE) y el Partido Comunista (PC), que es lo que pretendía Pedro Sánchez antes de las elecciones del 10 de noviembre.  El presidente en funciones no olvidaba el desastre de Joaquín Almunia cuando acudió a las elecciones del año 2000 en colaboración con Francisco Frutos, el entonces secretario general de Izquierda Unida, con el resultado de una mayoría absoluta para José María Aznar.

Calviño, píldora tranquilizadora
A  partir del 11 de noviembre, cuando el PSOE ha perdido tres escaños y Podemos siete, y cuando Vox ha alcanzado resultados inquietantes, el escenario ha cambiado y Sánchez ha cambiado sus iniciales propósitos, cuando quería contar como Costa en Portugal con el apoyo parlamentario de Unidos Podemos pero no su inclusión en un gabinete que representaría más que una coalición la indeseable coexistencia de dos gobiernos.

Cuando escribimos esto se desconocen detalles sustanciales del pacto sellado con un abrazo ante las cámaras. Probablemente Sánchez haya conseguido un firme acuerdo con Iglesias de que Cataluña es exclusiva del primero, pero desconocemos los que hayan podido adoptarse respecto a la política económica, sobre lo que obtendremos alguna pista cuando sepamos, tras la investidura o por las filtraciones habituales, la composición del gobierno.

Lo que sí parece asegurado es la vicepresidencia económica regida por Nadia Calviño, como ya anunció Pedro Sánchez en el debate preelectoral. Este nombramiento servirá de píldora tranquilizante para el empresariado español y para la Comisión Europea, como lo fue en el gabinete Zapatero el nombramiento para idéntico cargo de Pedro Solbes.
Dos semanas antes de que Sánchez anunciara en el debate preelectoral su intención de nombrar a Nadia Calviño vicepresidenta económica, ‘El Nuevo Lunes’ lo había predicho en su portada del 28 de octubre con el siguiente titular: “Calviño pisa firme hacia la vicepresidencia económica” y con el antetítulo: “Su buen trabajo en el Ministerio y en Bruselas, con victoria española en el presupuesto europeo, la convierten en clara candidata para convertirse en la mano derecha de Sánchez”.  Y es que Calviño venía pisando fuerte por su acreditada gestión, su perfil moderado  y su alto nivel de interlocución con Bruselas, algo que considera vital Pedro Sánchez.

El Gobierno no es elegido por la CEOE
Obviamente, este probable gobierno de coalición no es lo que deseaban los empresarios, que apostaban antes del 10 de noviembre por algún acuerdo entre Sánchez y Rivera y que tras el hundimiento de Ciudadanos y la jubilación de Rivera trocaron por el deseo de una gran coalición con el Partido Popular.

No es el Gobierno del empresariado, como es natural, pero todavía no hemos llegado hasta el extremo de que el Gobierno lo designe la CEOE y los círculos de empresarios. La opinión empresarial, que puede condicionar inversiones y empleo, no es desdeñable, y desde luego Sánchez extremará las precauciones necesarias, pero quienes deciden son los ciudadanos. No estamos en un sistema plutocrático.

Sin embargo, la preocupación del empresariado no llega ni mucho menos al pánico que se hubiera producido en otras épocas. No se ha hundido la Bolsa ni nadie ha amenazado con trasladar sus empresas al otro lado de los Pirineos como se produjo en Cataluña pasando al otro lado del Ebro.

Es seguro que Sánchez caminará con pies de plomo y que Iglesias embridará sus posiciones radicales con el freno del pragmatismo. Son las servidumbres del tránsito de la oposición al Gobierno.

Sánchez tendrá que hacer cesiones puntuales en el terreno económico sobre lo que tenía pensado, como la modificación de la reforma laboral heredada, la política energética o la de alquileres, así como sobre el destino de Bankia, que está en el ojo del huracán, con caídas en Bolsa  debido a las dudas del mercado sobre la posibilidad de que se frene su privatización y pase a ser un banco público. 


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