Nº 1790 lunes 29 de Julio de 2019


DESTACADO



Gana día a día en encanto, incluso en las entrañas de la prensa asesina, aplicando el método contrario al de su antecesor, virtuoso en el arte de ganarse periodistas a golpe de halagos y filtraciones

Nadia Calviño, en el trampolín

NL

La ministra de Economía y Empresa es tan discreta que casi desaparece en la confusión ambiente; en la niebla generada por la sobreactuación retórica de algunos compañeros y compañeras, ministros y ministras. Caminaba sin hacer ruido, que suele ser precaución prudente pero que arriesga al político a parecer irrelevante y el parecer en política es tan importante como el ser.

La verdad es que el Ministerio de Economía no facilita el lucimiento. Está para el déficit y la deuda públicas, que, en el mejor de los casos, aburre a las ovejas y en el peor se contempla como el malvado ojo ‘austericida’ de Bruselas. Si no le unes la Hacienda, que puede generar odio pero también respeto, es el ministro, o la ministra, la que da categoría al departamento y no lo contrario, como ocurre con los que se ocupan del patio interior.

Así lo entendió Luis de Guindos, antecesor de Nadia, que manejaba su cartera de la plaza de Cuzco como el mejor trampolín para ocupar un puesto de mando en el entramado europeo, un trabajo de alto sueldo, escaso riesgo y de duración garantizada, ajeno a las turbulencias del ruedo ibérico.
Nadia Calviño acertó con su estrategia o bien se limitó a aplicar su naturaleza pacífica. El caso es que gana día a día en encanto, incluso en las entrañas de la prensa asesina, aplicando el método contrario al de su antecesor, un virtuoso en el arte de ganarse periodistas a golpe de halagos y filtraciones, a quienes convenció de que sólo su genio protegía a España de la catástrofe financiera en lo universal. Se rodeó de una corte periodística que trabajó para absolverlo de sus grandes errores, como Bankia y el Banco Popular.

Una discreción que le valió el Premio Secante a la opacidad

Nadia Calviño, por el contrario, quizás por proceder de Bruselas, donde las cosas transcurren con la placidez burocrática del largo plazo, un ritmo que imita al de la Iglesia Católica, extremó la discreción hasta el extremo de ganar el Premio Secante que otorga la Asociación de Periodistas de Información Económica (APIE) a los dirigentes políticos o empresariales que brillan por su opacidad.

La APIE justificaba la distinción otorgada a Calviño por las nulas convocatorias a la prensa, que contrasta con las facilidades que proporcionaba a los informadores cuando, en Bruselas, ejercía el cargo de directora general de Presupuestos.

La ministra se defendió enarbolando la cantidad pero no la calidad de sus comparecencias, ni sus silencios. La ministra exhibió en su defensa una estadística de todas sus comparecencias, 50 en los seis meses que llevaba ejerciendo el cargo, en distintos formatos y oportunidades y unas 40 en sus intervenciones en el Congreso o en el Senado. 

Y lamentó que con frecuencia no pueda ser más explícita en razón de lo delicado de la función de su departamento, pues, dijo, que en las presentes circunstancias, “no estamos para dar titulares negativos”. Se hubiera preocupado por que el premio que le dieran fuera el Tintero. “Empezar por el Secante –aseguró– no está mal”.

La ministra ha sabido dar la vuelta a un galardón negativo, el que denuncia la opacidad deleznable en un dirigente, prodigándose en intervenciones mediáticas en las que ha ido mostrando un lenguaje inteligible.
 
Habla con soltura de todos los asuntos

Llamamos la atención sobre dos entrevistas recientes que la ministra ha bordado: una en la SER, donde han quedado grabados unos segundos de silencio significativo, explosivo como pausa radiofónica en el tempo de las ondas,  cuando le preguntaron si Sánchez trabajaba para hacerla directora gerente del Fondo Monetario Internacional.

Otra en Onda Cero, donde se manifestó en clave de vicepresidenta económica hablando de todo, más allá del déficit y la deuda. En efecto, hemos podido escuchar cómo Calviño se refiriera no sólo a lo suyo, a la exigencia de estabilidad financiera, del déficit, de la deuda y de algo tan necesario como sus proyectos para crear una Autoridad para la protección del cliente financiero que posibilite que los ciudadanos no paguen por reclamar ante los bancos, que inhibe injustamente las reclamaciones, que no son cosa baladí. De hecho, el Banco de España ha tenido que advertir a la banca de la amenaza a su solvencia que representa la lluvia de reclamaciones en torno a sus abusos.

No sólo se refiere Nadia en sus entrevistas a estas cuestiones de su competencia, sino que además se adentra sin complejos en cuestiones de envergadura general como la reforma laboral, el Estatuto de los Trabajadores, el salario mínimo, la indeseable dualidad del mercado laboral, la mejora de la calidad del empleo, de las conversaciones entre sindicatos y patronales; así como de la carestía de la compra y del alquiler de la vivienda, de las nuevas competencias energéticas del Consejo Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) y demás asuntos que nos afectan de forma primordial.

Podría vengarnos de la vergüenza que representó Rodrigo Rato

Como decía antes, el Ministerio de Economía y Empresa es un buen trampolín para ejercer un puesto en lo universal, más allá de los Pirineos y del Océano Atlántico. Más allá del charco, en la capital del mundo, podría esperarle la dirección del FMI, donde intenta colocarla Pedro Sánchez a pesar de que pierda una buena ministra.

Es una pena gloriosa que cuando Nadia Calviño transita con seguridad por la plaza de Cuzco, en medio de la Castellana madrileña, tenga que desplazarse a Washington. La gloria está en que una española pueda ocupar un puesto tan relevante en la economía mundial, con categoría reconocida de jefe de Estado, que vengue la vergüenza de la malhadada ocupación del mismo por Rodrigo Rato, un delincuente.   
 

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